Dale tiempo a tu cabeza

Aprender algo difícil toma tiempo. Y hay días en los que también exige tolerar la frustración de seguir sin entender.

Por Javi Peñaloza R. · 26 de octubre de 2026

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Lees un párrafo. Vuelves a leerlo. Revisas el celular, respondes un mensaje y regresas al principio porque ya olvidaste qué estabas intentando entender. Después de un rato aparece la sentencia: “Yo soy malo para esto”.

Me preocupa la facilidad con la que convertimos una dificultad de aprendizaje en una opinión sobre nosotros mismos. Un tema se nos atraviesa y terminamos cuestionando nuestra capacidad entera. Quisiéramos comprenderlo a la primera, recordarlo todo y tener una respuesta antes de que alguien termine de preguntar.

Aprender algo difícil toma tiempo. Y hay días en los que también exige tolerar la frustración de seguir sin entender.

En el curso Aprendiendo a aprender, Barbara Oakley y Terrence Sejnowski utilizan una distinción que ayuda a pensar este proceso: el pensamiento enfocado y el difuso. El primero describe esos momentos en los que dirigimos la atención hacia una tarea. El segundo alude a formas más abiertas de pensar, cuando aflojamos la concentración sobre un problema. Conviene entenderlo como una explicación didáctica: el funcionamiento del cerebro es bastante más complejo que dos modos que encendemos y apagamos.

Piensa en una palabra que tienes en la punta de la lengua. La buscas, te desesperas, intentas obligarte a recordarla. Más tarde, mientras haces otra cosa, aparece. Esa experiencia puede ayudarnos a imaginar por qué insistir de la misma manera no siempre resuelve lo que tenemos enfrente.

Ahí está la utilidad de las analogías: acercan una idea nueva a una experiencia que ya conocemos. También tienen un límite. Que una comparación resulte fácil de recordar no significa que explique todo el fenómeno.

Con el sueño pasa algo parecido. Decir que amanecemos con el cerebro “actualizado” puede ser una imagen simpática. Lo que sabemos es que dormir participa en la consolidación de la memoria, un proceso relacionado con estabilizar e integrar información aprendida. Dormir después de estudiar tiene sentido; esperar que el sueño haga por nosotros el trabajo de estudiar sería pedirle demasiado.

Por eso me interesa revisar cómo nos tratamos cuando estamos aprendiendo. ¿Cuántas veces seguimos frente a una pantalla, agotados, únicamente para poder decir que llevamos horas trabajando? ¿Qué tanto estamos comprendiendo durante esas horas?

También está el momento de empezar. Tienes una tarea pendiente, sabes que debes hacerla y encuentras algo más agradable: un video, una conversación, cualquier asunto que de pronto parece urgente. El alivio dura un rato. La tarea sigue ahí.

Para ese momento puede servir una herramienta concreta: el Pomodoro, desarrollado por Francesco Cirillo. Su práctica más conocida propone trabajar durante veinticinco minutos en una tarea y hacer después una pausa breve. El método completo también contempla organizar el trabajo y gestionar las interrupciones.

Te propongo probarlo con algo específico. Elige unas páginas que quieras comprender o el primer párrafo de ese documento que llevas aplazando. Deja el celular fuera de tu alcance si no lo necesitas para la tarea. Cierra las pestañas que no vas a utilizar y pon el temporizador.

Durante ese rato, procura volver a lo que elegiste cada vez que te distraigas. Si veinticinco minutos te resultan demasiado, puedes ensayar un intervalo más corto. No conviertas el reloj en otra razón para hablarte mal.

Cuando termines, levántate un momento. Estírate, toma agua, mira por la ventana. Después decide cómo continuar. También puedes intentar explicar con tus palabras lo que acabas de leer: descubrir qué todavía no comprendes te da un punto concreto para retomar.

Quiero dejarte una pregunta para tu cotidianidad: ¿qué tendrías que apagar o dejar fuera de tu alcance para dedicarle unos minutos de atención a eso que quieres aprender?

Quizá ya sabes la respuesta. Ahora elige la tarea y prueba.

Javi Peñaloza R.

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