La pérdida puede pensarse como un enredo, un nudo mezclado, una maraña. La mayoría de las pérdidas suelen dejar a quien las atraviesa enmarañado durante meses, quizá porque después de ellas queda una puerta abierta hacia la transformación de la identidad de quien sobrevive. Algo se desordena, algo deja de ocupar el lugar que ocupaba antes y, en medio de ese desorden, aparece una pregunta incómoda: ¿quién es cuando aquello que daba sentido a una parte de su existencia ya no está?
Se imagina entonces cómo puede seguir existiendo cuando la ausencia se ha cruzado en su puerta. Esto puede resultar angustiante y atemorizante: ¿cómo habitar una vida que continúa cuando aquello que la hacía reconocible ya no está? La pérdida puede ser, en ese sentido, una revelación de la finitud humana, una experiencia ante la cual no queda más remedio que confrontar la propia existencia. Pero también puede convertirse en un punto de encuentro con ese espacio incierto en el que quien sobrevive intenta reconocerse después de la ausencia.
Quizás Las dos Fridas, de Frida Kahlo, permita mirar esta transformación desde otro lugar. Dos figuras que parecen ser una misma mujer, pero que al mismo tiempo se presentan como dos versiones distintas de ella. Ambas permanecen unidas, aunque algo las separa; ambas se miran, se acompañan y parecen reconocerse en la otra.
Pensar la pérdida desde esta imagen me permite imaginarla como un espejo: uno en el que el ser humano se encuentra con la persona que era antes de perder y, al mismo tiempo, con aquella en la que comienza a convertirse después de la ausencia.
La pérdida podría ser entonces ese espejo que devuelve un rostro diferente. No porque la persona haya dejado de ser quien era, sino porque aquello que perdió modificó la manera en que se reconoce. El antes y el después permanecen unidos, como las dos Fridas, pero ya no son exactamente lo mismo. Tal vez perder también implique aprender a reconocerse en una imagen que antes no existía.
Y es justamente en ese punto de encuentro donde aparece una pregunta que parece atravesar al ser humano después de toda pérdida definitiva: ¿cómo reconstruirse cuando aquello que se perdió también hacía parte de quien se era?
El ser humano busca entonces reconstruir una identidad que ha sido alterada por el choque emocional. La tragedia se convierte en detonante de una transformación que, aunque en principio parece únicamente desordenar la maraña, también puede comenzar a desenredarla. Ante la pérdida definitiva, el ser humano entra en una especie de estado de transformación, semejante al de una crisálida: un espacio cerrado, incierto y oscuro en el que todavía no es posible reconocer aquello que está por convertirse en otra cosa.
Quizás esa sea una de las particularidades más profundas de la pérdida: no se vuelve a ser exactamente el mismo después de haber perdido. La ausencia modifica la manera de mirar, de relacionarse, de recordar e incluso de comprenderse a sí mismo. Hay algo poético en ello, porque dentro de su devastación existe la posibilidad de transformación. La ausencia abre una puerta hacia lo desconocido y obliga al ser humano a enfrentarse con una versión de sí mismo que antes no necesitaba conocer.
Es entonces cuando la pérdida deja de ser únicamente aquello que destruye y comienza a revelar aquello que somos. Nos muestra nuestra vulnerabilidad, nuestra dependencia, nuestra incapacidad de control y, al mismo tiempo, nuestra capacidad para reconstruirnos. Tal vez la pregunta no sea solamente qué se pierde cuando algo o alguien desaparece, sino qué puede llegar a construirse a partir de esa ausencia.
Frente a la pérdida definitiva, el ser humano se encuentra entonces ante una paradoja: pierde una parte del mundo que conocía, pero también se encuentra con la posibilidad de resignificar el mundo que permanece.
Quizás, al final, enfrentarse a la pérdida definitiva sea también enfrentarse a la propia capacidad de transformación. No para dejar de sentir la ausencia, ni para convertir el dolor en algo que deba superarse rápidamente, sino para decidir qué significado darle a la existencia cuando aquello que alguna vez le dio sentido ya no está.
Y eso también puede ser posible.
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